martes, septiembre 06, 2005

Puerta a la esperanza

¿Qué se puede esperar de una sociedad en la que todo el mundo pelea por tener el coche más rápido, la casa más grande, el premio más poderoso, el mejor sueldo o vivir en la Casa Blanca?

Quizá a esa sociedad sólo se le puede pedir que no se debata en tiros y en pillaje cuando todo parece hundido en el cenagal del propio fracaso. Que la raza no deje de ser un elemento diferenciador que te lleve a la vida o la muerte o que la desesperación no nos lleve a encarar con extrema locura el final de una tierra agotada.

Todas las imágenes que con absurda violencia nos golpean a diario se convierten en polvo mínimo que se lleva el viento cuando uno descubre paraísos terrenales en medio de la marginalidad. Cuando uno visita un colegio en un deprimido barrio de esa gran ciudad que pisas a diario en el que sus profesores ponen todo el empeño posible en rescatar de la desesperación a niños con toda una vida por delante alejada de la delincuencia. Y descubres en los ojillos vivarachos de uno de ellos lo feliz que es con un abrazo, una sonrisa y sus planes de futuro.

Cuando compruebas que trece etnias diferentes pueden tener más puntos en común que diferencias, que las peleas se transforman en amistad y las distancias se hacen cortas cuando los caminos son comunes. Cuando constatas que para algunas personas la formación de esos chavales se ha convertido en un objetivo vital por el que reman a costa de cualquier ola que amenaza con derribarles. A veces sin mayor apoyo que el de sus propios brazos y la negación de quienes se creen con derechos adquiridos en esta tierra.

Es cuando te das cuenta que somos los humanos los que nos complicamos la vida, y no al revés.