miércoles, agosto 17, 2005

De regreso

Aunque siempre he sido de la opinión de trabajar en verano y marcharme de vacaciones cuando el resto de los mortales viven estresados bajo un manto de lluvia y frío, lo cierto es que este año necesitaba una escapadita. Diez días de vacaciones son suficientes para descansar, relajarse y añorar de nuevo tu hogar.

Me bajé con mi novio a la costa andaluza. Primera parada, Fuengirola. En casa de N. para dejarle sus dos gatos que hicieron el viaje junto con nosotros. Desde ahí nos fuimos a Algeciras, único municipio de la costa gaditana en el que habíamos encontrado plaza hotelera.

En La Línea de la Concepción, que es un pueblo grande situado junto a la verja gibraltareña, localizamos un estupendo restaurante en el que se comía formidablemente platos marineros actualizados y modernizados frente al mar y... en el que me encontré a un directivo de mi empresa y su familia. Así es la vida. Ni en el más recóndito lugar de España se está a salvo de las caras madrileñas. Degustamos un estupendo salmorejo con caviar y en mi caso un rape a la marinera con verduras. Todo riquísimo y preparado a la leña.

Zahara de los Atunes es probablemente una de las playas más bonitas del sur. Y sus chiringuitos, un lugar estupendo para perderse la dieta en medio de la fritanga. Paella y cazón, cerveza Cruzcampo y guisos marineros, estupendas vistas y familias sin parar.

Gibraltar es lo peor. No me interesó nada. Mi novio, con su extraño e inexplicable gusto por la comida inglesa, me obligó a pasar un día allí. Dejamos el coche en La Línea ya que esperar cuatro horas para entrar con el coche a ese peñón me parecía una ridiculez más. Iba un poco acojonado ya que en julio perdí mi DNI y según me acercaba al dichoso peñón descubrí que mi pasaporte acababa de caducar hace cuatro meses. Es decir, que si la policía británica era todo lo remirada de costumbre, corría el riesgo de pasarme el día en La Línea mientras mi novio hacía sus compras. Al final con enseñarlo por encima bastó. Valiente frontera con un país que no tiene firmado Schengen.

Dentro todo horroroso. Para entrar al peñón hay que cruzar a pie por la pista de despegue/aterrizaje del aeropuerto gibraltareño. En Morrison's (megastore culinario por excelencia) mi novio se volvió loco comprando toda clase de productos Made in UK mientras me horrorizaba comprobando lo absurdo que se podía llegar a ser. Varios ejemplos: el aceite que se vendía era todo de procedencia italiana salvo una marca -de lo peor- española. Es decir, que teniendo un estupendo aceite a dos pasos de la frontera, en Morrison's prefieren importar el italiano, país que ya se sabe que ha reducido mucho su cultivo y compra aceite español para etiquetarlo italiano. Claro, en Gibraltar el precio era bastante alto.

La zona de vinos estaba claramente señalada por varias banderas de diferentes países (salvo la española). Bajo las banderas había vinos franceses, italianos, portugueses, de California, de Argentina, de Chile... y sólo uno español en tintos (un Rioja de los malos) y un Barbadillo por parte de los blancos.

No soy nada nacionalista, ni falta que me hace. Al revés, muchas veces prefiero lo foráneo a lo conocido. Pero que alguien me explique esta marginación a los productos españoles. Y podría seguir con otros casos. Salí horrorizado, claro. Cargaditos con las compras, nos fuimos a conocer el peñón, es decir, a recorrer la Main Street. Nos sentamos a comer Fish&Chips, plato quintaesencia de la gastronomía británica. Es decir, pescado rebozado y frito crujiente con patatas fritas. Muy dietético. Mi novio se pidió un pastel con una salsa gravy que no puedo con ella.

Gibraltar es una tierra de contrastes. Todo está en inglés, hay banderas británicas por todas partes, los cajeros expenden libras... y la mayor parte de sus trabajadores (más de 3.000 al parecer) son de La Línea. Es decir, que en cuanto te ven español se ponen a hablarte en tu idioma. Camareros, dependientes, responsables de locales... para eso el producto español es de fiar. Lástima que, en cambio, el euro no lo fuera. Podías pagar en libras o en euros, pero el cambio sólo te lo daban en libras. ¿Y para qué quiero yo libras? Una estupenda forma de que así te dejes más dinero allí. Total, con las libras no vas a salir de Gibraltar, porque no te valen para nada en la zona euro.

Sentados en la terraza de este local de fish&chips fuimos testigos de un hecho que me dejó un tanto descolocado. Frente a nosotros llegó un coche fúnebre que a brazos de cuatro personas depositó un ataúd en una iglesia situada a nuestro frente. Rápidamente, desde un bar cercano al nuestro "cerrado por defunción" aparecieron unas cuantas personas que se introdujeron en la capilla. Pero al salir, el ataúd volvió a ser depositado en el coche fúnebre, que fue despedido por esas mismas diez personas. El coche arrancó y el cortejo se fue al bar. Es decir, sólo el chófer acompañó al pobre difunto en su último paseo y comprobó que le metieran en el nicho correcto y lo cerran bien. Nadie más. Un poco triste. Inmediatamente le hice prometer a mi novio que a mí nunca me harían eso. Qué extraño todo.