jueves, julio 21, 2005

Merengón

Ser amable con la gente puede causarte verdaderos estragos. Sobre todo si la persona a la que intentas agradar es proclive a la pesadez una vez que su estado alcohólico es deplorable. El domingo pasado acabé encerrado en el baño de Space por culpa de mi excesiva tendencia a quedar bien y ser simpático.

Acudí con mi amigo Nacho a una sesión dominical de esta célebre discoteca madrileña a la que hacía mucho que no iba. Llegamos tardecito y con pocas ganas, porque el sábado nos acostamos un poco tarde tras la divertida fiesta El Extraño Vinilo. O sea, que más bien íbamos a tomar un par de copitas y contemplar lo mucho que había cambiado el local e intentar engañarnos pensando que nosotros no.

Al poco de llegar, se abalanzó hacía mí. No recuerdo el nombre. Nos conocíamos del Klübb! de hablar en un par de ocasiones. Fresco, lozano, con novio en México y luciendo un look un poco bakala, mi persona era la víctima perfecta para este cazador de abrazos y risas fugaces. Quiero pensar que no cazaba nada más.

"Tienes que aprender a bailar merengue", me dijo tras un par de chorradas. Le miré. No podía ser. "Que sí, que sí". Cara de estupefacción. "Que no, que no, que yo no sé bailar". Tras media hora de negativas, varias idas y venidas suyas de la barra y del baño, insiste. Me agarra y por aquello de ser amable, acabo cogido cual pareja pasodoble ante las miradas del resto del personal y el descojone de Nacho (ten amigos para esto).

Una hora y media después, el elemento seguía viniendo y sólo me insistía en aprender a bailar merengue. Me agarraba y se ponía a hacer el baile que yo tenía que imitar. Fue una situación horrible. Yo le miraba y pensaba: "¿No se dará cuenta este hombre que no me interesa nada de lo que me está diciendo?". Por más veces que huía por el local, el merengón terminaba por aparecer para hacerme bailar al precio que fuera. "Tienes que mover así la cader, dejarte llevar por las piernas y dejar los brazos quietos".

Acabé aprendiendo un par de pasos. Muy fuerte mi capacidad de aguante. La amabilidad, ya se sabe. Como el caballero no terminaba de soltarme y veía que a Nacho se le iba a desencajar la mandíbula de tanto reírse, solté una preciosa y salvadora frase: "¡Tengo que ir al baño!". Salí corriendo y a lo lejos escuché: "No te creas que te vas a escapar". Llegué desesperado a los baños de Space y encontré la puerta de uno de sus privados abierta. Fue como si todas las puertas del cielo se me abrieran y San Pedro en persona bajara a visitarme para abrírmelas.

Me encerré. No sé cuánto tiempo estuve allí esuchando a los que al lado daban rienda suelta a su pasión sexual y los que estaban de cahondeo mientras le daban a otros quehaceres. Y aburrido me puse a enviar mensajitos por el móvil pensando en lo absurdo de la situación. De repente, la música paró. "Mira que bien, ya se ha acabado Space. Ahora digo que estoy muy cansadito y que me marcho a casa corriendo para huir". Salgo del baño, y regresa la música. Falsa alarma.

Así que decidí que ya estaba bien de tanta amabilidad. Agarré a Nacho y salimos literalmente corriendo del local para que no nos viera.

A partir de ahora pienso convertirme en un borde de cojones. Eso, o alcoholizarme lo suficiente para tener el valor de bailar un merengue en pleno Space.