jueves, mayo 12, 2005

Preguntar lo impreguntable

La rueda de prensa tenía lugar en el Círculo de Bellas Artes, que es un sitio en el que lo mismo te encuentras la presentación de un automóvil de lujo que a dos guiris haciendo arrumacos, cámara en mano, en el café o a Gallardón haciéndose fotos (que en su caso no es nada novedoso) en la terraza, que por cierto van a reformar.

Ayer quien se dejó ver por la escalinata de mármol del Círculo fue el actor y reciente ganador de un Óscar, Morgan Freeman, de promoción en Madrid estos días. "Se le puede preguntar por la película y su tarea profesional, pero no de política internacional", aseguró nada más sentarse su traductora. "¿Cómo?, ¿por qué?, ¿lo ha dicho él?", respondemos los siempre inquisitoriales periodistas. "...", recibimos como respuesta a nuestro requerimiento.

Primera pregunta entre el mosqueo generalizado. "Me gustaría que nos hablara de su papel en la película y de por qué no quiere que le preguntemos de eso, si esa negativa la ha marcado él o no". La traductora no traduce la segunda cuestión. Aumenta el mosqueo.

En la segunda intervención no se hace mención pero a la tercera, ya se sabe, va la vencida: "Me gustaría que hablara de la elección del guión y que se nos aclare por qué no quiere hablar de política internacional". Ahora sí, ante el pitorreo generado en el fondo de la sala y la cara de Freeman de "me estoy perdiendo algo", la traductora -previo consentimiento del jefe de prensa- traduce todo. Respuesta: "It's not my job, I'm an actor".

Bien es sabido que a un periodista no le puedes decir de lo que debe y no debe preguntar. Basta que se lo hagas saber, para que el plumilla, siempre hiriente, hurgue con su bolígrafo en la herida a la caza del titular. Una vez más, lograron su objetivo de preguntar sin mordeduras y el actor respondió con naturalidad. Seguramente ninguno de los que fuimos a la concurrida rueda de prensa le hubiéramos preguntado por eso, pero basta que alguien nos fije de qué podemos o no hablar, para que saltemos como serpientes defendiendo nuestra comida y acabemos preguntando hasta tres veces por lo que nos han dicho que no preguntemos. Ley de redacción.

Flaco favor le ha hecho Morgan Freeman a una buena parte de nuestra profesión interpretativa. Si el oficio de un áctor que ha ganado un Óscar y ha participado en los últimos años en al menos una docena de películas memorables, es el de actuar y no hablar de política, en nuestro país hay algunos que prefieren más hablar de política que el de preocuparse por los preocupantes síntomas del cine español, este año más de capa caída que nunca.

Mientras que en USA se dedican a trabajar con más o menos acierto, aquí algunos se han convertido en altavoces ideológicos pero no para denunciar la escándalosa política de subvenciones o pedir mejoras laborales para su profesión, sino para erigirse como intelectuales infalibles de esta sociedad en la que algunos apelan a una conciencia que nunca tuvieron y piden que quienes tienen que cumplir con la Ley, no lo hagan.

Y así pasa luego, que nos tenemos que creer la bondad de un pseudocumental en el que salen todos menos quienes ponen los muertos.

Mejor harían algunos de esos actores y directores en preguntarse por qué cada vez el cine español tiene menos espectadores. A lo mejor encuentran la fórmula mágica que impida esta sangría. Pero que sea prontito, porque en lo que va de año, sólo Tapas, merece un breve elogio. Y eso ya es mucho.