jueves, mayo 19, 2005

Lola

En este país de homenajes a deshoras y de recuerdo después de finado, a veces el calendario nos sorprende recordándonos, en números redondos casi siempre, la desaparición de tal o cual personalidad, que ineludiblemente marcó época, innovó en lo suyo y supuso una ruptura en el ámbito profesional o personal en el que se manifestara.

De vez en cuando causa alegría que en este país se aplauda, gracias a una de estas efemérides, a personalidades que en su día fueron aclamadas y después cayeron en desgracia por un "quíteme usted estas perrillas de mi cuenta corriente". Me refiero a Lola Flores, de quien el pasado lunes se cumplieron diez años de su muerte y que estos días es objeto de documentales, biografías y reemisión de algunas de sus películas en diferentes canales, sobre todo los de pago. Porque para recordar como es debido, también hay que pagar.

Mientras que los canales generalistas estos días siguen pegados como sanguijuelas a las vidas insulsas de unos personajillos de peluquería de barrio encerrados por voluntad propia, de entre las rayas codificadas se aparece con perversión y sensualidad el rostro radiante, hiperexpresivo y en ocasiones sobreactuado de "la Faraona".

Puede que Lola Flores haya sido la folclórica más importante del siglo XX -y de casi toda la Historia porque en el siglo XXI ya sólo nos queda Falete-. Junto con Sara Montiel, más cupletista, Lola Flores es símbolo contradictorio de una época gris en la que el único color era el que ella daba en sus películas y actuaciones.

"La Lola" es el primer icono pop de nuestro país. Mientras en los setenta, la aristocracia rancia se hacía fotos de mantilla y peineta con el marqués de Villaverde y la clase media empeñada en sufridas letras se largaba a Benidorm en el seiscientos atestado de sillas, sombrillas, niños y la insustituible abuela, Lola Flores recorría los esecenarios convertida en el maniquí perfecto de decenas de diseñadores que se peleaban porque la Faraona se ciñera una de sus creaciones.

El desparpajo, la naturalidad, el morro y la candidez de esta verdadera diva nos ha dejado inolvidables postales televisivas. Del programa "Sabor a Lolas" que todos los viernes me tragaba religiosamente en Antena 3 a la mejor de sus actuaciones, el juicio de Hacienda, en el que con un sentido común aplastante y una gracia que sólo Lola podía tener llegó a pedir a todos los españoles que le diéramos una peseta para solucionar lo suyo, de lo que no se había dado cuenta porque ella de dinero no entendía, sólo del artisteo. No se puede ser más grande.

O ese momento en el que se le cae en medio de una actuación televisiva un pendiente de oro y, tras parar de cantar y ponerse a buscarlo por el escenario, le reclama al público: "Como sois buena gente, sé que me lo devolveréis, que mi trabajito me ha costado el dinerito que vale".

Y para la memoria sentimental de un país olvidadizo, pero siempre cariñoso a posteriori con sus ídolos, quedará esa marea humana que arropó con furia desmedida a su hija Lolita y su nuevo marido, el Furiase, el día de su boda y que Lola intentaba disipar al grito de "¡Si me queréis, marcharse!".

Caída en desdicha por los inspectores de Hacienda, Lola pasó sus últimos años encerrada en su hogar sin el cariño de un público que le dió y le quitó todo.

No está mal que nos la recuerden cómo era: artista nata. Sin técnica ni conocimientos del baile profundos, pero con una raza y una fuerza que hoy se echa en falta en muchos que asaltan un escenario.

3 Comments:

At 5:54 a. m., Anonymous Anónimo said...

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