sábado, mayo 07, 2005

Las ruinas de la jarana

Frente a frente, el santuario es menos cautivador que visto desde la lejanía y las prisas que provoca un viaje en automóvil. La ermita se aparece al final de una montaña, con el único arropo del mar del Norte que sega y da vida a la vez.

Los abombados peldaños que llevan siglos soportando la carga de haber llegado por azar del cantero hasta allí, conducen hasta esta ermita levantada justo delante del lugar en el que horizonte se confunde con el firmamento y las estrellas parecen menos millones de años luz lejanas.

Esa roca que lleva siglos saludando al amanecer sirve de parada y fonda para el viajero que extenuado llega hasta ella. Aún recuerdo aquella tarde en la que admiré su perfil gastado sin otra compañía que la del mar. El esfuerzo que llevó a decenas de personas a construir aquella humilde ermita y a muchos salvacustodios del alma a habitarla, me impresionó ante el abandono y la ruina en que, siglos después, quién lo diría, moraba.

Aquella iglesia perdida en un lugar del norte se me antoja metáfora perfecta para las ruinas morales que hoy atenazan al único bastión medieval que aún le queda a la Humanidad. No han tenido bastante con someternos a la oscuridad y la tiniebla que sólo se disipaba ardiendo en un fuego purificador, que aún hoy, en nombre de quién sabe quién, siguen empecinados en hostigar entre sí a una sociedad que poco a poco se va despertando como el ser mitológico que abandonaba la cueva platónica.

Ahora apelan a la conciencia aquellos que nunca la tuvieron y braman contra la única Ley que sirve en este mundo, al fin y al cabo el único que hay. Antes mataban por opinar diferente. Ahora los tiempos les llevan sólo a apelar a la ética. Al paso de los siglos, sólo han aprendido a deponer las armas mientras que el resto de almas por las que tanto rezan hace tiempo que han decidido que convivir no es sinónimo de dominar.

Pero hay seres enfermizos que nunca aprenderán del daño que han causado. Al final lo lograrán. Que dentro de unos siglos se rece a otros mártires, me refiero. A los que hoy siguen sufriendo su injusticia divina.

Estos días, a los que apelan a la conciencia, les veréis por los caminos que llevan a otra ermita similar a esa del norte, devotos de la juerga y la sevillana, del buen vino y el polvo del camino. Y en esas noches de juerga sin fin bajo la excusa de una virgen de nada, les veréis apelando a la conciencia mientras toman sus buenos tragos y se someten a la dura vida del adorador de Baco. Ya ni siquiera adoran a un solo Dios, ni tampoco pasan ni un solo día sin resaca en la romería de la jarana.