miércoles, marzo 09, 2005

Papel de celo

Sin ánimo de parecer pedante, decía San Agustín que el hombre enamorado que no siente celos, es porque no está enamorado. Viene esta frase a colación del libro que me estoy leyendo, Los amores confiados, de Luisgé Martín, novelista al que he tenido el placer de entrevistar esta mañana. Una novela en la que se entrecruzan dos historias de dos parejas (una gay por cierto). En cada una de ellas habita un ser celoso, ya sea por mótivos patológicos o no.

Nunca he sido celoso. Ni creo que lo sea, aunque a estas alturas de mi vida este tipo de afirmaciones es mejor no realizarlas, porque aún estamos en ese punto de la juventud en el que todo puede cambiar. Al fin y al cabo la juventud es eso: vivir cada día pensando que el futuro nos pertenece.

Pero repito que nunca he sentido celos de mis novios/amantes. Quizá porque nunca me han dado motivos de desconfianza o quizá porque si me son infieles tampoco quiero saberlo. La fidelidad es una imposición que nos viene dada por la cultura judeocristiana que, lo queramos o no, hemos recibido.

Puede que la fidelidad sea una imposición a erradicar, pero lo cierto es que reconforta saber que al menos en alguien puedes tener esperanzas. Y que ese sentimiento no puede ser objeto de mercadeo.

Los celos al final son una carga explosiva de dudas, amor, miedos y frustraciones, que nada tienen que ver con la conducta del ser amado, sino con la de uno mismo. Y puede que esa misma carga explosiva sea la que se lleve por delante tantas vidas en este mundo en el que todo se compra para ser exclusivamente poseído. Para presumir ante el vecino de tener más que él. Si pudiéramos ir a un supermercado y pedir una tonelada de amor, estoy seguro de que muchos lo harían.