martes, febrero 08, 2005

De pésima educación

Que el artífice de una de los mayores fiascos del cine español el año pasado haya decidido salirse de la Academia tras una gala en la que obtuvo pocas nominaciones y ningún Goya, más parece una pataleta de un genio enfadado por la incomprensión de su mala educación que un intento por cambiar el sistema de votaciones de la Academia del Cine, que efectivamente debería ser remodelado.

A estas alturas de la película, Almodóvar no debería ser noticia por estas rabietas sino por su próxima película, que ya está escribiendo. Si Almodóvar decide salirse de la Academia, está en su derecho, el mismo que tiene la Academia a ningunear una película cuyo recorrido comercial en nuestro país ha sido nulo. A los nueve meses, el DVD ya lo regalaban con un periódico (algo inimaginable a lo que sucedería por ejemplo con Mar adentro o El séptimo día, pro citar dos rivales en la pugna por ser la mejor película de 2004).

Normalmente, el DVD sale en venta y alquiler a los seis meses de su estreno en cines y al año y medio puede visionarse en los sistemas de televisión por pago. La lamentable película del director manchego ya puede ser vista en Canal +. Ni siquiera ha pasado por el sistema de taquilla.

Que Almodóvar utilice como excusa el reconocimiento internacional, que otras películas españolas también están cosechando, para alegar su decisión, es argumento futil y tan falto de sentido que se cae por sí solo.

Habría que investigar si los académicos británicos o franceses conocen toda la filmografía del director. Les extrañaría entonces que el mismo creador de Todo sobre mi madre, Mujeres... o La flor de mi pasión sea el mismo que facturó Matador, Kika o Tacones Lejanos. Y seguro que no dudarían en reconocer que, en su trayectoria, esta pésima educación está más cerca de la abominable videograbadora de sucesos que de la mujer que prepara gazpacho con somníferos por si su gran amor aparece en casa.

Como todos los seres humanos, ni Pedro ni ninguno de nosotros somos perfectos y tenemos derecho a equivocarnos. En el reconocimiento de esos errores está nuestra grandeza. En la persistencia y obstinación, la demostración de que ser genio no siempre es sinónimo de brillantez.