martes, noviembre 23, 2004

Océano

La Historia es un interminable volver a empezar. Regresar a tu lugar de origen e instalarte en una nueva casa. Repetir los mismos pasos que diste con anterioridad para encontrar de nuevo tu lugar. Hemos regresado, y con nosotros el período cíclico del volver a empezar.

Dijo una vez el poeta que hogar es aquel sitio en el que uno es feliz. En México lo he sido, como no podía ser de otra forma. Ese gran país, convertido en puritito continente, es una inmensidad de culturas desde Tijuana a Quintana Roo, desde Chiapas a Monterrey, desde Puebla a Acapulco. Cada rincón, cada lugar, cada atardecer, cada nuevo espacio que se abre en el horizonte es un lugar que mirar y admirar.

Por desgracia, la inmensidad de kilómetros que conforma el paisaje mexicano hace casi imposible su conocimiento incluso para quienes, viviendo allí, dedican tiempo a intentar conocer su país. Es como si toda la diversidad de Europa cupiera dentro de unas mismas fronteras. Es por ello que, a pesar de la enorme cantidad de kilómetros realizada, sólo he visto una pequeña porción de la tarta. Concretamente la englobada dentro de la península del Yucatán y el siempre impresionante Distrito Federal.

El azul turquesa de las aguas del Caribe (unos azules machadianos como sólo había visto en mi infancia) quedarán para siempre guardados en la retina. Los miles de museos que vimos y las noches contemplando el mar, la mar, y la ciudad, me han producido en el alma una pequeña querencia de ser mexicano. Un lamento de no pertenecer más que tangencialmente a una tierra maravillosa.

Y ahora Madrid. Otra vez.