jueves, octubre 14, 2004

Mitos

Es normal que a lo largo de la vida uno conozca a mucha gente. En cada momento de nuestro constante aprendizaje vital nos acompañan personas diferentes. En ocasiones me pregunto por las vidas de quienes un día me regalaron su amistad, más o menos fraternal, sus conocimientos en forma de unidades didácticas, el primer beso, el primer desengaño o la última mentira.

Muchas veces recorro las calles intentando adivinar en los rostros que observo algún rasgo facial que me recuerde a alguien que compartió conmigo pupitre, juegos en el patio en tardes otoñales como ésta, las palmeras de chocolate del recreo, las primeras excursiones o esas primeras masturbaciones en casa cuando los padres se marchaban y nos dejaban solos. Cuando aún no teníamos conciencia ni siquiera de lo que estábamos haciendo ni de por qué, y sólo nos dejábamos arrastrar por el placer de descubrir nuestro misterioso cuerpo.

En alguna ocasión, me he reencontrado con algunas de esas personas y he descubierto que el concepto que podía tener de ellos había variado notablemente. Uno de los primeros chicos que me atrajo sexualmente (todavía me fustigaba a mí mismo pensando en lo pecaminoso que era ser gay) se cruzó conmigo una noche en el OHM. Nos saludamos y hablamos, a pesar de que en clase no dejábamos de ser simples compañeros de mesa. Mi única relación con él se limitaba casi exclusivamente a chivarle los exámenes de filosofía, literatura, lengua o historia. El caso es que no estaba tan increíblemente guapo como cuando compartíamos mesa. Su pelo negro semilargo, sus labios carnosos y sus brazos preciosos como siempre, pero la mirada era otra.

La noche se alargó en mi casa hablando de tantas recuerdos que se nos venían a la memoria. Yo siempre pensé que él llegaría lejos, le veía bien colocado. El chaval era inteligente, aunque las letras desde luego no eran lo suyo. Me describió a su novia y de repente me habló de sus dudas sobre una probable bisexualidad. Él, que nunca tragó que yo pudiera ser gay. Me habló de lo mucho que le gustaban los tíos, pero de lo enamorado que estaba de su novia.

Y allí estaba. En mi casa. El chico que tantó me gustó y hablando de que le atraían los tíos. No daba crédito. Mientras me hablaba de su triste trabajo (nada de lo que yo hubiera imaginado, desde luego) y de lo mal que lo pasaba con su novia, el mito que en mi adolescencia me construí sobre él se venía cada vez más abajo. No sé por qué, aún no acierto a entenderlo. Pero era como si un desconocido me estuviera contando en mi casa su vida.

Se quedó a dormir. Y por supuesto le dejé mi cama, mientras yo no podía pegar ojo en el salón. No sé si quería que llegaramos a más. Tampoco hubiera aceptado, no habría podido después de todo. A la mañana siguiente nos dimos el teléfono. No volvimos a hablar. Ni nos hemos visto a pesar de vivir en la misma ciudad (esa que tantas veces decimos que es un pañuelo).

Aquel día rompí todos los mitos de mi infancia y decidí no volver a construir ninguno más.

On The Cd: "Rain" - Madonna