jueves, septiembre 23, 2004

Sólo hay un soplo


Entre la seguridad y la incertidumbre sólo hay un soplo. Entre la fe y la incredulidad, también hay un soplo. Entre la certeza y la duda, un soplo. Y entre la verdad y la mentira, un corazón roto.

Nos pasamos la vida dudando. Dudamos del color de nuestro vestido, dudamos de si alguien nos querrá tanto como le correspondemos, dudamos de qué carrera universitaria escoger, dudamos de si debemos acabarla, hasta dudamos de si una vez que la estamos ejerciendo, no nos habremos equivocado.

Dudamos sobre el valor de la verdadera amistad, dudamos de qué vino escoger para una cena, dudamos sobre qué marca de tomate frito comprar cuando al fin y al cabo todas fabrican tomate frito. Dudamos de qué palabras utilizar para no ofender, dudamos del límite de dolor que nuestros padres aguantarán cuando descubran que sus planes para nosotros eran sólo eso, planes. Dudamos hasta de que sea bueno dudar.

Pero la peor de las dudas es la que nos siembra quien se acerca a nosotros diciendo sufrir para engañarnos. Porque esa duda nos deshumaniza, nos deja gélidos, sin sentimientos, que es lo peor que le puede suceder a alguien que dice sentirse vivo. Una tarde en el Metro un joven te dice que tiene cáncer terminal y tú, que le ves notablemente demacrado, no le crees. Le niegas hasta la mirada. Piensas que lo que dice es producto de un mono y hasta le deseas una muerte rápida para dejar de sufrir y causar sufrimiento.

Mientras ese estúpido yonki de mierda prosigue con su soniquete aprendido una vez y recitado mil, te miras en el espejo del vagón y te descubres más viejo, más desconfiado, más huraño, menos persona. Y piensas que quizá esta vez sea verdad, que hay gente que no tiene ni para comer, que eres cruel. Pero no, tu mente cambia rápidamente lo que dicta el corazón y te devuelve a la realidad, a tú realidad.

Y cuando el pitido del vagón te anuncia el cierre de las compuertas y ese cabrón de yonki se ha salido, respiras, aliviado, te crees hasta justo contigo mismo, miras con recelo al chico guapo que va a tu lado y que sí que le ha dado una moneda. Estúpido. Mil veces se lo dirías a la cara: ¡ESTÚPIDO!. Se lo tatuarías en la frente para que cada vez que se monte en el Metro, el puto yonki deje de contarte sus penas y vaya directamente a por el desgraciado incrédulo que esa tarde se ha solidarizado con el pico de heroína de un enfermo terminal.

Sales del Metro y la luz del sol te devuelve a la realidad, te aleja de esos túneles alargados y sombríos. Miras a tu alrededor y te desmoronas. ¿Y si esta vez era verdad? ¿Y si no he ayudado a alguien que lo necesita más que yo?

Caminas deprisa, cada vez más deprisa, quieres huir de las miradas de la gente. Crees que alguien sabe lo que has hecho y esa señora mayor que te mira de arriba a abajo te la imaginas diciéndote "Cabrón insolidario, yo que he vivido una guerra, sé lo que es pasar hambre, niñato de Levis". Y huyes a toda prisa esperando llegar a un destino que ya nada te importa.

Cuando llegas al portal del piso en el que te esperan, tocas el timbre con urgencia. Quieres olvidar que quizá esta vez te contaron la verdad.

Subes las escaleras y descubres a cinco niñas igual de jóvenes que tú pintando la casa de una mujer sin recursos que te abre la puerta de su casa con una amplia sonrisa y te cuenta en diez minutos su desgraciada vida y la miseria que cobra del Estado. Y descubres que hay gente que invierte su tiempo en los demás, que hay personas que necesitan de ayuda, y te sientes todavía más asquerosamente deshumanizado.


On the CD: "Entre mil dudas" de Fangoria

3 Comments:

At 9:13 a. m., Anonymous Anónimo said...

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At 9:14 a. m., Anonymous Anónimo said...

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At 9:15 a. m., Anonymous Anónimo said...

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