lunes, agosto 16, 2004

Recuerdos de una noche de verano

Acabo de sentarme un rato ante el ordenador tras un fin de semana en el que me ha dado un respiro total. En cuanto acabe estas breves líneas, escribiré dos reportajes que tengo que preparar para mañana y, si los ojos me lo permiten y no se cierran, me pondré a ver Shrek 2.

En los últimos días, la lectura de "Seguiré aquí cuando despiertes", tercer libro de mi compañero de trabajo Tomás Ortiz, me ha traído a la mente recuerdos de otros momentos desafortunados de mi vida. Hasta el punto de que un tema del que nunca hablo, este fin de semana lo saqué en una conversación con Javi, mientras íbamos el sábado a visitar a León al pub en el que trabaja.

El libro es absolutamente recomendable y habla del dolor que causa la pérdida repentina de aquella persona que de repente da pleno significado a tu vida. Lo peor de todo es que encima el personaje que desaparecía se llama Víctor, es decir, como mi novio. Leer cada página, observar como al protagonista le sucedía lo mismo que a mí hace muchos años y que encima el nombre de Víctor apareciera cada tres líneas, ha hecho que en mi interior se hayan removido, y mucho, los recuerdos.

Hace muchos años -era todavía un niño de 15 años- perdí de la noche a la mañana a una persona que en aquel entonces era muy querida para mí. Tanto que se convirtió en mi primer amor verdadero. Una tarde de sábado, poco antes de comenzar un programa de radio, me llamó a la emisora su padre para darme la fatal noticia de que un derrame cerebral me había arrebatado a esa persona por la que tantas cosas sentí.

Ahora recuerdo aquellos días y las lágrimas no empañan mis ojos de la misma forma que antes, aunque es inevitable la tristeza cuando recuerdas ciertos latigazos de la vida, del destino, ¡qué sé yo!

Observar a los 15 años lo efímero de la vida, como hoy estás aquí y mañana no, que todo lo que construyes puede desmoronarse compo un castillo de naipes, que tu vida cobra un nuevo significado, que tu inevitable pesimismo se hace de repente mayor, es algo muy duro. Un episodio que afortunadamente me sirvió para iniciar un camino interior de autoexploración que me ha llevado hasta lo que soy hoy en día. Lágrimas de cocodrilo que se han transformado en cantos de sirena.

Nunca hablo con nadie de este tema. Muy pocas personas lo saben. Y el hecho de que hoy lo cuente aquí es quizá un atrevimiento por mi parte. Pero estos días escucho a mi alrededor muchas noticias trágicas y la verdad es que la lectura del libro ha sido la gota que colma el vaso.

Por otra parte, mi novio anda estos días triste porque en el curso no acaba de conectar con la gente, y que cada día que hablamos te diga que está triste, y yo aquí, y él en Bélgica, pues es un papelón. Le echo mucho de menos, la verdad. Recuerda que te quiero.