martes, agosto 24, 2004

Polvo esparcido irregular

¡Qué tontería! Siempre que abro el viejo baúl que guardo en el fondo de mi armario, sale polvo que se esparce por el suelo dibujando formas que me recuerdan que soy un manirroto y que todo se me cae. Esta mañana intenté abrirlo con todo el mimo que soy capaz de dar, con toda la dulzura que estas manos temblorosas permiten, con todo el lujo y la parafernalia que monto cada vez que me acuerdo de su existencia.

Fallé. Volvió a esparcirse el polvo que almacenaba en su interior por el suelo. Y esta vez vi con mis propios ojos la forma de una araña reclusa parda, con sus enormes patas y su forma de violín en la cabeza. Mirándome. Una brizna de aire llegó rauda y el polvo giró sobre sí mismo. Un caballito de mar se formó ante mí. Inerte. Casi vacío. Pero latente.

De inmediato recogí el polvo a puñaditos y lo guardé en la caja para que su contacto con la luz no le recordara la materia de la que un día fue un todo. Y ahí está. Esperándome de nuevo.


Tras un fin de semana de relax y cierta, aunque discreta, diversión, el domingo por la noche al final fui a ver con Johann la segunda parte de Kill Bill. Y si bien de nuevo volvimos a alucinar y comentar con fervor cada uno de los detalles, planos, colores, gestos, diálogos y música de una película maravilloso, sí es cierto que echamos de menos la intensidad, el lirismo y el ritmo vibrante de la primera parte, que decididamente nos gustó más. Con todo, es una de nuestras películas imprescindibles.

El camino a casa fue un comentario constante de la película. Creo que, contra la opinión de muchos, Daryl Hannah y su espectacular papel de Elle Driver merecían un final distinto, tipo Lucy Liu. Superafavor de los títulos de crédito finales con esa Uma Thurman conduciendo en blanco y negro como en una película de los años 40 que no logro recordar. La banda sonora, mejor la primera. Previsible en algunos momentos. El entrenador chino, lo mejor. Y ese gran momento en que se oye a Lole y Manuel en el coche de Uma, impagable.

He estado dos días de cierre de edición y debo decir que estoy agotado. El lunes por la mañana se plantó Oswaldo (Keta Mine) en mi casa a las siete y media de la mañana procedente de Las Palmas. Iba a hacer escala a Madrid para después partir en un viaje fugaz a Santiago de Compostela y luego de nuevo regresar a Madrid para hacer temblar los cimientos de esta santa ciudad. Entre bostezos y palabras farfulladas que ni siquiera yo mismo entendí, me metí de nuevo en la cama a esperar que sonara el despertador.

Tras regresar de la redacción y tener un día maravilloso lleno de maquetas que corregir y textos que editar (menos mal que mi jefe regresa ya), nos fuimos los dos al Reina Sofía para ver, en mi caso por tercera vez, las exposiciones de Lichtenstein y de Dalí. Me ratifico en mi opinión: la de Lichtenstein me parece una tomadura de pelo basada en cuatro obras conocidas y poco más y la de Dalí me fascina más cada vez que la contemplo.

Tras varios comentarios y un paseo por un Madrid bochornoso aunque poco caluroso para las fechas que estamos, regresamos por el Paseo del Prado a casa y quedamos con P., que venía de trabajar. Y ahí estuvimos, los tres solteros de oro cenando una vez más en casa y armando de las nuestras. Para variar.

Me fui a la cama supertarde y encima sin haber preparado dos reportajes que me tenía que entregar a mí mismo esta mañana para el cierre de edición de hoy. Así que me he pasado toda la mañana como un histérico en el cierre mientras en el ordenador escupía todas las palabras que me venían a la cabeza sobre las fantásticas materias de las que escribía: obras de ampliación del Metro y Manu Tenorio. Impresionante. Me he tenido que autocorregir esos textos ni se sabe cuántas veces de lo cutres que me han quedado. Y encima buscar la puñetera foto del cantante de las narices que no encontraba por ninguna parte. Horrible.

Estoy dispuesto a inmolarme viendo cualquier programa de telebasura que haga juego al encefalograma plano en que se ha quedado mi cerebro a estas alturas de la semana. Menos mal que me voy el viernes a Bruselas y que ese mismo día llega ya mi jefe. Cuando vea las picias que le hecho en su ausencia, me despide. Seguro.