viernes, mayo 07, 2004

Construyendo edificios que no van a durar

Miércoles y jueves 5 y 6 de mayo. Llevo unos días tan atareado que casi ni respondo mails ni actualizo esto ni ná de ná. De estos días hay que quedarse con la pedazo de portada que hemos sacado en la revista con Fangoria. Alaska está total posando con un rifle mientras Nacho viste de negro con sus gafas de sol a lo Pet Shop Boys.

Este viernes entrevisto a Chavela Vargas y a Chano Domínguez. Dos pedazo de artistas en un día. Es lo más. Es todo un lujo. Chavela Vargas me parece uno de los personajes más interesantes del panorama internacional. Son momentos además que estoy seguro que disfrutaré una vez en la vida, por lo que la emoción sin duda es doble. Ya os contaré qué tal.

Mi vida es cada vez más surrealista. A veces hasta yo mismo me reto para comprobar hasta dónde soy capaz de llegar en mi escalada bizarra personal. Atención amigos, lo que voy a contar en este diario, negaré haberlo contado en alguna ocasión cuando escriba mis memorias.

Este viernes por la tarde he quedado con los vecinos del PAU de Vallecas. Los pobres han comprado pisos con la promesa de que muchos iban a estar acabados en 2002. Pues bien. A fecha de hoy, no hay un sólo ladrillo puesto en el barrio. Por lo tanto hemos quedado para poner nosotros la primera piedra. Una foto total.

El caso es que para poner la primera piedra, necesito una o varias piedras. Así que tenía que agenciarme el material de alguna manera. Y la única vía que podía seguir es la que siempre se sigue en este tipo de casos: chingar. Robar, vaya.

El jueves por la tarde tenía una manifestación en Carabanchel Alto. Mientras iba de camino intentaba buscar alguna obra en la que colarme discretamente. Al coger la avenida de Carabanchel Alto pasé al lado del PAU de Carabanchel, al que ya he dedicado otro bonito reportaje con los problemas que están teniendo los vecinos con la entrega de pisos. Y es que el tema urbanístico está muy mal en Madrid.

Al pasar con el coche me fijé en una pila de ladrillos. Cuando volví de la manifestación, paré el coche y, como diría la policía en estos casos, merodeé un poco por allí. Justo cuando iba a coger uno, con la vergüenza que supone una situación así, me llama una amiga. Como la gente ya me miraba un poco, decidí que por si acaso lo mejor era poner pies en polvorosa. Al salir a la M-40 había un ladrillo por allí perdido que recogí cual alma en pena.

Al menos tenía uno. El caso es que la suerte no me abandona nunca en esta vida. Aparqué al lado de mi casa (lo de la suerte no iba por esto, ¿eh?) y vi cómo justo al lado de mi casa acababan de descargar dos estupendas pilas de ladrillos perfectamente dispuestas para cometer el atraco. Pues nada, lo que se hace en estos casos. Cogí 4. Total, que hoy en el maletero de mi coche llevo 5 ladrillos para poner la primera piedra. El caso es que pasó por allí la Policía y en medio segundo me inventé una historia (porque si les digo la verdad no me van a creer), pero por suerte pasaron de todo.

Cuando las fotos estoy pensando en construirme un tabiquito en casa. Lo que pasa que tendré que chingar algun ladrillo más...no sé, no sé... Lo malo de robar es que crea adicción (otra más en mi vida)

Por la noche me fui con Patricia M, Alejandra, Tomás, Ángela y Vanesa a cenar a La Coqueta para celebrar el regreso a España de Vanesa (por fin, hija, ya era hora). La cena no estaba mal pero no es de mis sitios preferidos de Chueca. El caso es que previamente fuimos al Bazaar, pero ya sabe, su política de empresa es que no puedes reservar mesa, con lo cual o vas a primera hora a cenar o hasta las doce de la noche no puedes entrar. Y la gente que es boba, sigue yendo a un sitio así... Es una putada porque habíamos quedado allí pero como estaba lleno tuvimos que buscar otro sitio, y te fastidia estar pensando donde ir y llamar al que no ha llegado todavía para dar la nueva dirección.

La cena fue divertídisima. Tras contarnos los últimos cotilleos en el siempre animado sector periodístico, pasamos a temas gastronómicos, hablamos de música y de novios, por supuesto. Ángela nos dio la mega sorpresa de que estaba medio enrollada con un chico (ya era hora, hija).

Hubo un momento total en la cena. Pido un vino blanco y al probarlo le digo a la camarera que lo dejara enfriar más. Y ella, a lo suyo, nos puso más en la copa y luego lo metió en la cubitera ya medio vacío. Ni puto caso. Me encanta. La cena acabó en mi casa degustando el yogur puro griego que Vanesa (que está cada vez más fantástica) nos trajo de Grecia. Y luego copita en Demodé, el mejor local de la noche madrileña.

En fin, hoy tengo poco tiempo para contar más. Este fin de semana intentaré sacar tiempo. Pero voy a tope de agenda.

Por cierto... ¡faltan dos días para la fiesta Loreal en casa Laura!